Por Lisseth Boon. Publicado en Últimas Noticias. 6 de mayo 2012
Jesús Aguilarte, exgobernador de Apure, murió 10 días después de recibir cuatro tiros de dos hombres en Maracay (Ara) el 24 de marzo de 2012. Cuatro semanas después, Wilme Moreno, general del Ejército y exdirector de Inteligencia Militar, falleció al ser alcanzado por cinco disparos de 10 que le propinaron dos hombres aún no identificados, en Anzoátegui. El 6 de febrero de este mismo año, José Cairo, escolta del gobernador de Monagas, José Gregorio Briceño, fue asesinado por las balas originalmente dirigidas al mandatario regional.
Son tres de los casos más sonados en lo que va de 2012 que reúnen las características del asesinato por encargo:
descarga de muchos disparos como modus operandi, ausencia de robos y
desconocimiento de los verdaderos motivos y nombres de los autores
intelectuales. A todos los une un silencio residual, como el que queda
del último fogonazo de una bala.
Las
víctimas ya no son sólo ciudadanos de a pie, sino figuras conocidas del
mundo militar y de la política regional. Ya no se registran únicamente
en la frontera, sino que se han extendido a otros estados del país. Algo
está cambiando en la manera de matar a sueldo. Hay quienes sospechan
que los nuevos sicarios perdieron el miedo. A propósito del asesinato
del general Moreno el pasado 19 abril, el gobernador de Anzoátegui,
Tarek William Saab, dio algunas pistas sobre la nueva expresión de este
fenómeno: “La falta de temor de actuar en contra de personas que lograron cierta trascendencia pública”.
Además
de las tres muertes mencionadas, en febrero intentaron matar de cuatro
balazos a Tomás Bello, alcalde de Pariaguán (Anz). Por ese caso fue
apresado Javier Peña (UNT), expresidente de la Cámara Municipal de esa entidad, junto con otros cinco sujetos.
En Venezuela no existen cifras exactas sobre los asesinatos a sueldo, también conocidos como sicariatos. Una
de las dificultades para su identificación es que son englobados dentro
de las estadísticas de homicidio que manejan los cuerpos policiales.
Sin
embargo, expertos coinciden en que esa modalidad delictiva, si bien es
de larga data en Venezuela, registra un inquietante aumento en los
últimos años.
Sustentan
sus afirmaciones en el número de muertes en los sindicatos de obreros
de la construcción por la lucha de cupos que responden a las
particularidades del sicariato. Según la organización Programa
Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), 273
trabajadores y líderes sindicales fueron asesinados entre 2005 y
noviembre de 2011.
Aparte, se apoyan en las recientes noticias sobre muertes registradas en la prensa que arrojan indicios de sicariato.
“No podemos hablar de miles, pero sí ha aumentado. En
el pasado no se veían tantos casos de sicarios como en la actualidad. A
veces tienden a confundirse con resistencia a robo”, asegura Douglas
Rico, comisario retirado de la extinta Policía Técnica Judicial (PTJ,
ahora Cicpc).
El
sicariato en Venezuela no es un fenómeno reciente. En décadas
anteriores, hubo escándalos por muertes ejecutadas por desconocidos de
la víctima, como la del abogado Raymond Aguiar (años ochenta) o de la
familia Semprún Cedeño en el Zulia entre los setenta y ochenta, recuerda
el criminólogo Javier Gorriño, secretario administrativo de Consejo
metropolitano de seguridad ciudadana.
También,
en la primera década del siglo XXI se presentaron denuncias de
asesinatos de campesinos por autores anónimos, que dirigentes del agro
venezolano atribuyeron a intereses en contra de la aplicación de la Ley
de Tierras en 2001, implantada por el actual gobierno.
Están
además los sicariatos pasionales, encargados por las llamadas “viudas
negras”, como es el caso de Jalucci Fondache, quien está siendo
procesada por el presunto homicidio de su marido, Rubén Gamarra, dueño
del diario Nueva Prensa de Guayana (2009); o la de Milagros de Armas,
hija del fundador del Bloque de Armas, autora intelectual de la
estudiante Andreína Gómez (2007), según describe el abogado criminalista
Fermín Mármol García.
Antecedentes. La
muerte por encargo ha tenido mayor incidencia histórica en la frontera
colombo-venezolana. La organización Una Luz por la Vida-Fundavida, con
sede en San Cristóbal (Tác), ha denunciado su creciente aumento. Muchos
han estado relacionados con el narcotráfico, pero también con venganzas
personales y asuntos pasionales.
Pero
en los últimos años, el fenómeno se ha trasladado a otros centros
urbanos como Caracas. “La muerte por encargo está tomando fuerza en
Venezuela ya no sólo ligada a bandas del crimen organizado o violencia
sindical, sino también al hampa común”, analiza Mármol García.
Una
de las dificultades para esclarecer los asesinatos asalariados es que
no existe relación directa entre la víctima y victimario. El criminal es
contratado para matar puntualmente, aclara Gorriño. Por ello, resulta
complicado descubrir a los autores intelectuales, dice el criminólogo.
Muchos
casos emblemáticos corren el riesgo de convertirse en “cangrejos”
policialmente hablando. “¿Dónde están los autores intelectuales de la
muerte de Danilo Anderson (2004)? ¿O los de los agentes financieros
Arturo Erlich (2006) y Freddy Farfán (2007) , vinculados a la
desaparición de 45 millones de dólares de Fogade? ¿O de Pierre Gerges,
vicepresidente de Reporte Diario de la Economía (2010)?”, se pregunta
Mármol García, para quien la impunidad y el silencio atentan contra la
memoria de los venezolanos.
Aunque
Venezuela no padece el grado de violencia generado por el narcotráfico
en México y Colombia, ese factor no puede dejarse de lado como detonante
del crimen. El país es reconocido como puente de las redes
internacionales de la droga, subraya el abogado criminalista.
“Aquí no hay escuelas de asesinos a sueldo como ocurre en otros países.
Ahora se contrata al delincuente común, muchachos de barrio que se van
entrenando en cobrar por matar. Después de los primeros muertos, se les
va haciendo todo más fácil”, advierte Rico.
En
otras épocas, operaban organizaciones de sicarios colombianos con
pericia que se trasladaban a Venezuela para cumplir con las encomiendas y
luego se devolvían a su país, cuenta Rico. Ahora no, pues muchos de
esos asesinos viven y actúan en las capitales venezolanas.
Cuerpo de ley. Otra
de las señales del incremento del sicariato en Venezuela es la
tipificación jurídica de este delito. El artículo 12 de la Ley contra la
Delicuencia Organizada y Financiamiento al Terrorismo, reformada el
pasado 3 de mayo, le otorga carácter autónomo al incriminar tanto a
quien ordena el asesinato como al agente ejecutor; ambos pueden ser
castigados con prisión de 25 a 30 años.
Muchos culpables siguen libres.
“El sicariato es el resultado de la impunidad”, sentencia en su blog la
periodista mexicana Sanjuana Ramírez, autora de varias investigaciones
sobre el crimen organizado en su país. Advierte sobre el peligro de
contagio en otros países latinoamericanos, como Venezuela.
Luego
del atentado que sufrió Tomás Bello, alcalde de Pariaguán, el
presidente de la Asamblea Nacional (AN), Diosdado Cabello, se refirió al
tema en marzo pasado. “El sicariato político es una práctica usual en
la derecha”, señaló, y expresó temor de que se extendiera en el país.
Sin embargo, no ordenó abrir investigación de ninguna otra muerte.
“A
diferencia de otros delitos, como el secuestro, en el cual la víctima
puede colaborar, en el sicariato la única salida es el fortalecimiento
de las instituciones del Estado y la educación de la sociedad. Mientras la estructura de administración de justicia sea débil, será difícil combatir el crimen”, señala Mármol García.
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