El uso de la
distribución de alimentos como mecanismo de dominación política e ideológica se
considera la expresión de una categoría bautizada como violencia alimentaria.
Las recientes denuncias del reparto de las bolsas de los CLAP durante las
elecciones regionales han sido vistas como la concreción de una estrategia de
manipulación, pero las implicaciones de la falta de acceso a productos básicos
afectan múltiples dimensiones

Publicado en el suplemento Siete Días del diario El Nacional
Por MARIELBA NUÑEZ 22 DE OCTUBRE DE 2017
Las bolsas de alimentos distribuidas
por los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, conocidos como CLAP,
están bajo el foco de las denuncias sobre la manipulación de los pasados
comicios regionales. Tanto José Manuel Olivares, ex candidato de la Mesa de la
Unidad Democrática a la Gobernación del estado Vargas, como Carlos Ocariz,
alcalde del municipio Sucre y ex candidato por Miranda, han denunciado que se
entregaron productos provenientes del programa alimentario comunal como parte
de las estrategias de manipulación de los resultados en los comicios del 15 de
octubre de las que acusan al oficialismo.
Los señalamientos vienen a engrosar el
amplio expediente que acumulan los CLAP, a los que el decreto presidencial
2.323 del 13 de mayo de 2016, que declaró el estado de excepción y la
emergencia económica, les dio participación en “la correcta distribución y
comercialización de productos de alimentos y productos de primera necesidad”,
así como la función de “mantener el orden público y garantizar la seguridad y
soberanía en el país”, junto con la Fuerza Armada y los cuerpos de seguridad
del Estado.
El tejido que somete el acceso a los
alimentos a un control político y militar del país no es gratuito, sino que
obedece a un síntoma de un proceso que los expertos han bautizado como
violencia alimentaria. La socióloga María Mercedes Boada acuñó el término a
partir de sus estudios sobre el caso venezolano y como parte de su
investigación como tesista de doctorado en ciencias sociales de la Universidad
Central de Venezuela. Lo definió como “el sometimiento de una sociedad a partir
del hambre de las personas, de la coerción de su libertad de elección en
materia alimentaria y de la manipulación de toda la cadena socioproductiva de
los alimentos con un fin ideológico o político”.
Boada recuerda que comenzó a trabajar
en la definición en 2011, a partir del análisis de todas las medidas del
gobierno de Hugo Chávez que desembocaron en el control estatal sobre los
mecanismos de producción y distribución de los alimentos. “Ya en ese entonces
era evidente que estaban cambiando muchos de los patrones alimentarios de los
venezolanos”, señala. “Se trataba de que el manejo del hambre se convirtiera en
un monopolio estatal. El mensaje final es que la forma como satisfaga esa
necesidad pase a través del Estado, que apunta al control completo de la cadena”.
Acuñar un término como violencia
alimentaria para describir la situación venezolana permite comprender la
múltiples dimensiones de lo que significa la alimentación, señala la
antropóloga y profesora de la Universidad Central de Venezuela Ocarina Castillo.
“Es un fenómeno complejo por la transversalidad del tema alimentario, que
afecta todos los órdenes. Tiene que ver con lo que significa hacer la cola para
comprar alimentos, que tengas que identificarte con un captahuellas, que tenga
que sustituir la alimentación tradicional por productos extraños a tu cultura,
además de la absoluta sensación de impotencia que sufres por no poder
contrarrestar lo que está ocurriendo”.
Dominio
progresivo. La búsqueda de control estatal absoluto sobre la
alimentación había sido admitida por el propio Hugo Chávez, quien la
consideraba vital para la supervivencia del proyecto bolivariano luego del paro
de 2003. La política agroalimentaria tenía el objetivo de “blindar al Estado
ante las pretensiones desestabilizadoras contrarrevolucionarias de la derecha
nacional y garantizar que la alimentación se consagre en lo concreto como un
derecho y no como un producto mercantil”, recordaba un texto de la Agencia
Venezolana de Noticias en 2015, a propósito del reconocimiento que la FAO, organización
de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, había entregado
al país por sus avances en la lucha contra el hambre.
Solo dos años después el panorama es
muy diferente: en su informe de 2017, presentado hace dos semanas, la FAO acaba
de reconocer al país como el que experimentó la mayor alza en subalimentación,
indicador que señala cuántos habitantes de una nación no alcanzan a llenar sus
requerimientos nutricionales mínimos para llevar una vida saludable. Según los
cálculos de la agencia, se sumaron 1,3 millones de personas a esta categoría,
lo que lleva al país a 1,8 millones en condiciones de subalimentación. La
situación venezolana explica la merma general del desempeño de la región en su
lucha contra el hambre, de acuerdo con el análisis.
La admisión por el organismo
internacional del deterioro venezolano se asemeja al epílogo de una ilusión,
pues el logro había sido festejado hasta el cansancio por el gobierno
venezolano, pese a la incredulidad de parte de la población, las críticas de
expertos y de asociaciones de salud. “Ellos tomaban en cuenta lo que se
importaba, pero sus indicadores, que se basan en las cuentas del comercio
exterior, no reflejan ni el consumo ni la distribución. El error estuvo en no
verificar si el alimento llegaba a manos de la gente”, señala la experta en
nutrición y manejo de gestión alimentaria Susana Raffalli.
Ya es oficial que el país atraviesa una
crisis de inseguridad alimentaria severa. “Esto quiere decir que el Estado
perdió su capacidad de garantizar una oferta de alimentos; es decir, no hay
garantías de que hay suficiente comida para todos”, agrega. “Y eso se ha
aceptado con un desparpajo tremendo por parte de los voceros oficiales, cuando
ya en otro país hubiera sido una emergencia”.
La admisión de la crisis alimentaria
llega al cabo de un período en el que se intensificó el control estatal sobre
la alimentación por parte del Estado, de acuerdo con lo que señala el más
reciente informe de la ONG Programa Venezolano de Educación y Acción en Derechos
Humanos.
El año 2016, señala, estuvo “signado
por la militarización de todas las funciones alimentarias del país, por la
reducción a mínimos de la capacidad de producción nacional de alimentos, por la
pérdida casi absoluta de la autonomía alimentaria para favorecer importaciones
masivas de alimentos”. Además, se caracterizó “por la escasez, por la inflación
y la pulverización del poder adquisitivo, por la pérdida de calidad de la
alimentación hasta en su contenido simbólico, por el hambre que empujó a muchas
personas a los basureros y por el daño ya evidente sobre el estado nutricional
de niños y adultos, sobre la educación y sobre la violencia que el hambre y la
escasez detonaron”.
Además de mantener la vigencia de
marcos regulatorios que el informe califica de regresivos, como la Ley Orgánica
de Seguridad y Soberanía, la ley de tierras y la ley de costos y precios
justos, y de la aprobación del decreto de emergencia económica, se creó la Gran
Misión de Abastecimiento Soberano, que contribuyó a la consolidación de la
militarización del sector.
Narrativa de la precariedad. Raffalli
considera que la violencia alimentaria también se ha expresado en una narrativa
que ha tratado de crear un contrarrelato a la crisis. “El Estado, por ejemplo,
ha tratado de convertir el hambre en una cosa buena, cuando ha dicho, por
ejemplo, que el azúcar o el trigo son carbohidratos imperialistas, o que
comemos ‘sano y soberano’, cuando se trata de decisiones que han sido
impuestas, y por lo tanto no han sido tomadas libremente por la población”.
A eso se añade la negación absoluta de
que haya algún problema, que se expresa en episodios como la controversial
frase de la entonces canciller Delcy Rodríguez en la Organización de Estados
Americanos, que señaló en mayo que en el país no había hambre porque se
importaba el equivalente a lo que se necesitaría para alimentar a tres países.
”Otra expresión de esa violencia
alimentaria es el encubrimiento, y lo podemos encontrar en situaciones como
que, por ejemplo, Venezuela no ha actualizado los estándares que permiten decir
cuándo hay desnutrición, pues se manejan con parámetros que estaban vigentes en
el año 1992 y que dejaron de estarlo en 2006. Eso impide considerar como
desnutridos a una gran población de niños y presupuesta muy baja la respuesta
humanitaria”.
El derecho a la alimentación está
consagrado en el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Sus alcances han sido establecidos en la Observación número 12 del
Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Raffalli
señala que al menos 32 de los 35 puntos principales de este documento están
siendo en este momento violados en la situación venezolana. “Una de las
directrices del derecho es que dice que debes tener acceso a una alimentación
adecuada, que significa no solamente que es inocua, sino que va a tener los
nutrientes que necesitas y que es culturalmente aceptable, que sus elementos es
de acuerdo con el patrón cultural”.
Los alimentos en las cajas del CLAP,
incluidas las harinas nixtamalizadas mexicanas, son un ejemplo de cómo se
vulnera el pacto, pues no se adaptan a la realidad cultural de los venezolanos.
El informe de Provea enumera otras irregularidades del que se ha convertido en
uno de los principales programas de control político de la población, como el
hecho de que obligó a la compra de productos carnes enlatadas o salsas, “que se
contraponen a las campañas del Instituto Nacional de Nutrición y del mismo
diseño de la Gran Misión de Abastecimiento Soberano por unos hábitos de
alimentación autóctonos y sanos”.
Otros problemas incluyen la irregularidad
en las entregas de las cajas, los incrementos de precio –en 2016 aumentaron más
de 700%– y la ampliación del número de grupos atendidos, mientras en
contraposición mermó la cantidad de alimentos distribuidos, de manera que las
bolsas fueron reduciéndose de 18 kilogramos de alimentos a principios de
año a 10 y 12 kilogramos al finalizar el año. La poca disponibilidad de estos
productos supone otra violación de los pactos internacionales, pues en este
caso el Estado no garantiza, ni siquiera, “el nivel mínimo esencial necesario
para estar protegido contra el hambre”.
Para Raffalli, sin embargo, el
mecanismo de control que han supuesto los CLAP ha tenido impacto en la
capacidad de reacción y protesta de la población. “Está funcionando el desgaste
porque se sabe que se puede perder el beneficio. Si las personas supieran que
pueden contar con otros recursos para alimentarse, el comportamiento sería
distinto. Hay que desarrollar un mecanismo de resistencia a los CLAP”.
Castillo rescata el concepto de resiliencia,
esa capacidad de adaptarse a situaciones traumáticas, como uno de los fenómenos
que ha permitido y permitiría contrarrestar la violencia alimentaria. “Es ello
lo que nos lleva a poder sustituir alimentos por otros, tratando de no
sacrificar elementos nutricionales, abrir esquemas de consumo que anteriormente
podían ser muy rígidos. Estamos hablando de recursos que no son económicos sino
culturales”.
La ruta del dominio
alimentario
2001 - Ley de Tierras
y Desarrollo Agrario. Fue aprobada como parte de las leyes habilitantes
por el difunto presidente, con el fin de “de profundizar la lucha contra el
latifundio”. La misión Zamora nació este mismo año con el objetivo de
“reorganizar la tenencia y uso de las tierras ociosas con vocación agrícola”.
2003 – Plan Especial
de Seguridad y Soberanía Alimentaria e inauguración del primer Mercal. El PESA estaba
destinado a comprar, importar, almacenar y vender productos de la canasta
básica a bajos precios, utilizando la infraestructura militar como base de
operaciones. Se inaugura el primer Mercal, para comercializar estos
productos a precios subsidiados por el Estado.
2004 - Misión Mercal y Casas
de Alimentación. Nace el programa destinado a dotar a establecimientos
de diverso tipo con productos subsidiados. Igualmente se crean centros en
comunidades de extrema pobreza que distribuyen menús de acuerdo a las distintas
necesidades: desnutrición, desamparo social, personas con discapacidad y
embarazadas de alto riesgo.
2007 – Misión
Alimentación. El fin era reducir la importación de alimentos
y fortalecer la producción. Se promulga la Ley Especial de Defensa
Popular contra el Acaparamiento, la Especulación, el Boicot y Cualquier otra
Conducta que afecte el consumo de productos sometidos a control de precios.
2008 – Ley Orgánica
de Seguridad y Soberanía Agroalimentaria. Oficialmente, su fin era
planificar la producción agrícola para garantizar el abastecimiento y
distribución equitativa y justa de alimentos a toda la población.
2008 – Creación de
Pdval. La empresa estatal de distribución de
alimentos tenía el objetivo de garantizar el abastecimiento de los alimentos en
almacenes y establecimientos por todo el país. En 2010 pasó a ser administrada
por la Vicepresidencia, luego del hallazgo de miles de contenedores con más de
130.000 toneladas de alimentos descompuestos.
2010 – Expropiación
de Agroisleña. La empresa proveedora de al menos 70% de los
insumos de los productores agrícolas, pasa a ser Agropatria. Fedeagro ha
denunciado que es la culpable en la baja producción de hortalizas y vegetales
en el país, pues disponen del monopolio de las semillas y fertilizantes. Hoy
solo produce 30%.
2011 - Expropiación
Hacienda Bolívar: El emblema del sector tenía bajo su gestión
8.000 cabezas de ganado vacuno. Para 2015, la producción cárnica se había
desplomado más de 30%, quedaban apenas 3.000 cabezas de ganado y en cuanto a la
producción de leche, la cuota diaria pasó de 5.000 litros a 75.
2016 - Gran Misión
Abastecimiento Seguro y Soberano. Dirigido por Nicolás Maduro y el
General en Jefe Vladimir Padrino López. Todas las instituciones del Estado
quedan bajo el orden y la subordinación absoluta del Comando Nacional y tenía 7
vértices: productivo, logístico, comercialización, sistema de precios, organización
productiva, seguridad y defensa e investigación y desarrollo.
2016 – CLAP. El
Estado le asigna el control de lo alimentario a los Comités Locales de
Abastecimiento y Producción, con el objetivo de que las propias comunidades
abastezcan y distribuyan los alimentos prioritarios casa por casa, pero se le
ha acusado de ser instrumento de control político.
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